Avalsorim

Alguna vez me dijeron: 'Deberías escribir y publicar tus fotografías'. Pues bien, aquí estoy. Esta es mi visión del mundo, un rincón donde la escritura y mi cámara se complementan. Mi intención es invitarte a leer con calma, pero también a mirar con atención; buscando capturar la esencia real de las cosas a través de fotos que expanden lo escrito y detienen el tiempo. Te invito a ver el mundo a través de mis ojos.

Cruzar la puerta de la piscina no es solo ir a entrenar; es activar el botón de reset. En el yoga dicen que el agua te renueva, y no es ninguna mística barata: es una realidad que se siente en la piel. En el momento en que te dejas caer y el agua te cubre, dejas el peso del mundo en el borde. La gravedad deja de existir y, con ella, las preocupaciones que llevabas cargadas en los hombros. Es un bautismo diario. Entras con el ruido del día y sales limpio, con el contador a cero.

Nadar es el espacio de meditación definitivo por una razón muy simple: allí abajo estás completamente inalcanzable. El mundo exterior se convierte en un eco sordo, dejando espacio solo para dos sonidos: el de las burbujas y el de tu propia respiración. Tus ojos se clavan en la línea azul del fondo, mientras los reflejos de la luz bailan en el agua. Es un viaje absolutamente individual. La repetición rítmica de la brazada, la patada y el giro para tomar aire se transforma en un mantra en movimiento. La mente se aquieta porque el agua te obliga, a la fuerza y con amabilidad, a habitar el presente.

Y ahí radica su mayor belleza: es un esfuerzo sin violencia. El agua te abraza y su presión te sostiene por igual en todas las direcciones, protegiendo tus huesos e impactos mientras te exige el máximo. Es la metáfora perfecta de la resiliencia: avanzar con firmeza, pero sin romperte. Al final, cada largo te va despojando de lo que te sobra. Rompes la superficie, respiras hondo y vuelves a la tierra con el cuerpo cansado, la mente ligera y el alma intacta.


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