Observar en la primavera como florecen los cerezos me recuerda que la belleza más potente no es la que se esfuerza por destacar, sino la que ocurre de forma natural y sin intención. Al igual que los cerezos, que son perfectos en su caída, las cosas cotidianas tienen una fuerza única precisamente porque no intentan durar para siempre. La clave no es retener el momento, sino aprender a observarlo y soltarlo con la misma elegancia. El cerezo no florece para durar, sino para recordarnos que la intensidad de un momento vale más que un siglo de monotonía. La perfección no es la permanencia; es la capacidad de ser absoluto mientras se existe.
«La flor no tiene la intención de ser bella, y es precisamente por eso que su belleza es insuperable» Natsume Soseki



Deja un comentario